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Lo que sabemos del cambio climático gracias a Donald Trump

Lo que sabemos del cambio climático gracias a Donald Trump

Gracias a su ignorancia ahora somos más críticos

Donald Trump nos ha enseñado la importancia de saber de lo que estás hablando. Afirma que el cambio climático es un invento de China puede dejar impresionado al periodista que te está entrevistando, o a tu cuñado en tu próxima reunión familiar, pero depende únicamente del efecto sorpresa. Una vez que lo pierdes, deberás defender tus ideas con hechos demostrables a riesgo de que tus palabras te persigan eternamente. Asegurar que los ecologistas, o cuales sean tus enemigos, cambian la forma de referirse al cambio climático, un fenómeno natural que se ha visto drásticamente incrementado por la actividad humana debido al vertido de gases de efecto invernadero a la atmósfera de forma artificial y masiva provocando un calentamiento global, porque no les está funcionando debido a las bajas temperaturas (que están provocadas por el mismo fenómeno) igual solo te funciona si eres el presidente de una de las mayores potencias del mundo.

A riesgo de malinterpretarse, es muy poco probable que el magnate de los negocios no sepa nada sobre el tema. Es comprensible que cuando pasas de reclamar a Barack Obama en Copenhague que consiga resultados más significativos en la lucha contra el cambio climático en 2009 a en 2017 abandonar el Acuerdo de París, el objetivo internacional más ambicioso contra el cambio climático que en la actualidad suscriben 195 países, tengas mucho que contar, Twitter por medio. Y le han sido muy rentables sus anécdotas. El desconocimiento es la clave de su éxito, es el puente entre sus intereses particulares y de los que piensan como él y la confusión de la gente que directamente desconoce el tema. Su falta de coherencia queda al margen cuando no se considera al calentamiento global como un problema prioritario y sistemático. Así se subestima la importancia de buscar una solución cuanto antes.

Sin embargo, gracias a ello también hemos aprendido que el cambio climático se combate a través de la coordinación internacional. El Acuerdo de París establece la meta a partir de 2020 de frenar en dos grados el aumento estimado de la temperatura global. Es una medida paliativa cuyo objetivo es frenar sus efectos, no eliminarlos, puesto que en algunos casos resulta imposible hacerlo. Adherirse al tratado implica realizar un esfuerzo conjunto y titánico, además de una agilización de los trámites y un peso especial en las negociaciones. La salida de Estados Unidos del acuerdo, al igual que ocurre con Reino Unido y el Brexit a nivel europeo, implica la pérdida de estos privilegios para el segundo país más contaminante del mundo, entorpeciendo los trámites y renunciando a dar ejemplo al resto del planeta.

Para Trump, América va primero también ante los intereses globales. Aunque su postura frente al cambio climático se basa en la supuesta protección de la nación estadounidense a través de la creación y protección de empleo y la búsqueda de una independencia energética hipotéticamente arrebatada con el Acuerdo de París, la realidad es que el calentamiento global también implicaría un efecto en cadena en el interior de su sociedad. Áreas que en principio no tendrían nada que ver con el medioambiente, como la sanidad, en la actualidad están afrontando las consecuencias de la política climática de Trump. Su antecesor, Barack Obama, había previsto medidas destinadas a la reducción de las emisiones de CO2 que frenarían el incremento de ciertas enfermedades respiratorias.

Trump en su mandato ha desmantelado este plan junto con otras medidas destinadas a regular las emisiones de las industrias y los coches simplemente por eliminar los cambios de la anterior administración, suponiendo la mayor modificación de enmiendas vivida en el país. Todo ello perpetúa el mensaje erróneo de que el cambio climático es una cuestión ideológica, cuando se trata de un problema que afecta a todos por igual.

Además, invertir en los recursos naturales del país y abandonar la dependencia del petróleo implicaría una red energética más sólida, eficiente y barata debido al abaratamiento de las energías renovables y el abandono de energías menos productivas como el carbón.

También supondría el desarrollo de nuevos sectores económicos e incluso podría repercutir en una mayor resistencia ante crisis económicas y la evitación de guerras por el petróleo.

La falta de consideración del cambio climático como un objetivo prioritario global y nacional ha permitido que seamos testigos de los efectos del negacionismo, lo que implícitamente implica ignorar los avances científicos e industriales. Obviar la opinión de la comunidad científica, e incluso de grandes compañías que ven el calentamiento global como un problema serio, supone ignorar y menospreciar todos los avances que la comunidad internacional ha hecho al respecto. Un ejemplo que ilustra a la perfección esto es el interés del presidente por revitalizar la industria del carbón. Tanto con sus mensajes como con sus medidas, ha dedicado un gran esfuerzo a impulsar de nuevo el uso del carbón a pesar de que, en la actualidad, debido al abaratamiento de las energías renovables y la existencia de combustibles más competitivos, ya no se considere una opción productivamente viable. Algo parecido ocurre con algunas de las grandes empresas norteamericanas que ven cómo la lucha contra el cambio climático es una opción que les beneficia empresarialmente, ya sea a través de la apuesta por energías renovables o porque el calentamiento global supondría la pérdida de recursos.

Apoyar el negacionismo también implica tergiversar la ciencia bajo demanda. La existencia de estudios financiados con intereses al respecto desprestigia el método científico y proporciona datos manipulados que sirven de pretexto para sus declaraciones, lo que acaba contribuyendo a la desinformación. Además, destinar menos recursos a las organizaciones dedicadas al cambio climático puede significar menos recursos para avances científicos e incertidumbre para el desarrollo de las industrias ecológicas.

Donald Trump ha declarado numerosas veces su consternación ante el perjuicio que suponen los aerogeneradores para las águilas blancas, pero en realidad la lección que podemos aprender es que no le importa la naturaleza si no sirven para hacer a América grande de nuevo.