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¿Necesitamos nuevas leyendas para la noche de San Juan?

¿Necesitamos nuevas leyendas para la noche de San Juan?

Más que en cualquier otro momento del año, la noche de San Juan se presta a las historias. Miles de personas se reúnen para convocar que la magia les ayude a mejorar su vida, para invocar un nuevo principio que les ayude a mejorar. Sin embargo, la moraleja más impactante es la que suele pasar desapercibida a los ojos del espectador. En esta noche no trascurre el tiempo suficiente para que la basura abandonada produzca efectos en el largo plazo en los ecosistemas, pero sí puede conllevar consecuencias temporales hasta su recogida. Aquellos materiales no orgánicos abandonados, los cuales en su mayoría suelen ser plásticos, pueden degradar la vegetación de la zona u originar que algún animal quede atrapado o lo ingiera. Con consecuencias más graves, estos pueden ser arrastrados por la subida del nivel del mar. Este no es un fenómeno ajeno a las celebraciones. De hecho, en 2017 y en 2018 la pleamar no esperó a la mañana siguiente y coincidió con las fiestas, disminuyendo el tiempo de reacción de los equipos especiales de recogida. Una vez que el residuo cae al mar no conoce fronteras, por lo que queda perdido en la inmensidad del océano, interfiriendo en las cadenas tróficas marinas y contaminándolas: el pez grande se come al pez pequeño y, entre tanto, el plástico puede acabar en nuestra dieta.

Como controlar toda la basura desechada parece imposible, hay que valorar cuál será el destino de los fragmentos más pequeños. En su degradación pueden interferir en el desarrollo correcto de la flora y fauna marina, alternando su ciclo reproductivo o sustituyendo a su hábitat, el lugar donde estos se asientan y se desarrollan. Así, ajenos a esta visión artificial de la naturaleza, un tapón puede convertirse en la nueva concha de un cangrejo ermitaño o ciertas algas pueden sustituir su medio natural por fragmentos o bolsas de plástico pequeñas. Respecto a estas últimas, aunque el consumidor esté reduciendo su consumo general, las bolsas utilizadas por motivos de higiene o para preservar los alimentos no son contempladas por el Real Decreto sobre reducción del consumo de bolsas de plástico, por lo que es más probable que las personas que celebren la noche de San Juan sean más propensas a abandonarlas junto con otros desperdicios en las playas. Los fragmentos inferiores a cinco milímetros en general, que según Ecologistas en Acción constituyen el 33% de los residuos retirados, son los más difíciles de eliminar al no ser fácilmente detectables por el ojo humano. Su degradación, según WWF, libera sustancias que pueden alterar los procesos biológicos de los animales al entrar en contacto con ellos. Estos dos hechos explican su potencial contaminante. Sin embargo, no es la basura más peligrosa que abandonamos en esa noche. Las colillas, que según cifras de Ecologistas en Acción suponen el 14% de los residuos retirados, resultan especialmente peligrosas para los ecosistemas debido a que su función como filtro protege al consumidor de sustancias potencialmente dañinas que terminan siendo liberadas según se degradan, haciendo que la naturaleza sufra las últimas consecuencias de los fumadores. Respecto al potencial riesgo de incendios, aunque es cierto que en algunas localidades se está popularizando el encendido controlado de hogueras en determinadas playas, no hay que olvidar que los fragmentos de vidrio pueden provocarlos, en especial en la época estival.

Los datos reflejan que en general se está tendiendo a reducir la cantidad de desperdicios. En Galicia, sus playas han tenido que ser limpiadas de un 20% menos de basura mientras que en Málaga se ha reducido en un 50% el material a recoger. En ambos casos, la concienciación ciudadana, que además cada año hace aumentar el número de voluntarios, ha sido crucial. En las playas de Valencia se ha dado un fenómeno particular, habiéndose reducido en un 14% la ceniza procedente de las hogueras a recoger mientras que los residuos sólidos han aumentado en un 4%. Este particular escenario se puede explicar gracias a una cultura creciente de control de las hogueras dada la naturaleza devastadora del fuego para los ecosistemas, un peligro cuyos efectos se constatan inmediatamente. Sin embargo, desentrañar los efectos de la basura en los ecosistemas requiere de paciencia, lo cual podría explicar por qué la concienciación ciudadana aunque eficaz no está resultando decisiva. Igual existe un problema de comunicación. Cada año hay un esfuerzo mayor para informar y educar. Cada año, las campañas de organizaciones sin ánimo de lucro como Ecologistas en Acción o Ecovidrio aúnan esfuerzos con las realizadas por los ayuntamientos para alentar a los visitantes y ofrecerles soluciones. El Oceanogràfic de Valencia y su fundación han aprovechado la noche mágica para concienciar sobre la disminución del uso del plástico. Incluso ésta podría ser la oportunidad para empresas muy relacionadas con la festividad para posicionarse a favor del reciclaje y la gestión responsable de los residuos de sus productos. En cualquier caso, los tres lugares han tenido que recoger aproximadamente noventa y tres, veinte y sesenta y un toneladas de basura respectivamente en 2019. Esto hace pensar que es necesario implementar una cultura de concienciación sobre los peligros de los desechos contaminantes en las costas, en un momento en el que en Portugal se ha descubierto un nuevo tipo de contaminación por plásticos: la de los arrecifes con capas de plástico incrustado en sus rocas.