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¿Acaso importa el medioambiente?

¿Acaso importa el medioambiente?

Resulta peliagudo plantear que la ONU haya cometido algún error. Es como si el delegado de la clase, el cual en este caso tiene el trabajo de liderar la lucha medioambiental, perdiera toda autoridad. Sus funciones en la práctica se limitan a coordinar y facilitar las acciones de los países adscritos y ofrecer un marco de actuación adecuado. Esto coloca a la organización por definición en una posición pasiva e inmovilista. El niño está atrapado en una burbuja en el tiempo, haciéndose viejo y dejando de atender a las nuevas lecciones, mucho más urgentes. Así, el desempeño de las propuestas actuales queda asumido por otros que experimentan su crudeza. Por otros que no cuentan con el don de la inmortalidad y temen morir por culpa de sus decisiones. El eterno delegado es expulsado y la toma de decisiones queda en manos del resto de la clase; en este caso, los países, lo cual supone una amplia zona gris. Parece que la filosofía de la ONU no ha superado la prueba del paso del tiempo, asemejándose más a un ejecutivo octogenario que no tiene ni fuerzas ni ganas para entender qué es el cambio climático. Y no necesitamos más que un Donald Trump en la misma línea temporal. Por su naturaleza, los límites de sus funciones empiezan a resultar tirantes en el escenario actual, siendo fundamentales para llegar a dónde estamos hoy. No obstante, los esfuerzos que hagamos hoy no serán suficientes.

Los intereses económicos han sido determinantes para la consecución de acuerdos desde la fundación del ala medioambiental de la ONU en 1972. Fue esa la razón por la que Estados Unidos prefirió mantenerse fuera del protocolo de Kioto en 2008, lo cual ha vuelto a ocurrir con el acuerdo de París. La diferencia aquí está en la experiencia ganada. La labor de la ONU se ha visto impulsada desde su creación por la crucial investigación científica que ha estado desarrollando hasta el día de hoy, la cual debería haberse convertido en una luz de emergencia frente a la exponencial peligrosidad del calentamiento global. Sin embargo, en lugar de guiar el debate, la ciencia ha sido silenciada por los intereses económicos. La última conferencia celebrada en Katowice (Polonia), la cual tenía el objetivo de aprobar un informe sobre los avances contra el calentamiento global, ha concluido con más ruido que acuerdos, con la extrema urgencia de Estados Unidos de ratificar que en el año 2020 pretende abandonar el acuerdo de París y el paradójico apoyo de uno de los mayores líderes en la exportación de petróleo: Arabia Saudí. ¿Qué rumbo habría tomado esta reunión si en la historia política actual no se hubiera menospreciado a la ciencia? En la esfera legislativa, la función de la ONU es la creación de instrumentos jurídicos que establezcan un marco de actuación. Son los conocidos acuerdos internacionales cuya eficacia, debido a que su obligatoriedad y carácter punitivo son opcionales, también puede resultar controvertida.

El acuerdo de París es el sucesor del protocolo de Kioto: entra en vigencia en 2020, cuando el segundo deja de surtir efecto. Responde al papel que en la última década hemos otorgado al cambio climático: no persigue erradicarlo, sino paliar sus efectos. Esta rendición a la evidencia contrasta de forma llamativa con una de las características que mejor distinguen a ambos pactos. En el protocolo de Kioto existía la posibilidad de multar a los países que no alcanzasen los objetivos mínimos. En el acuerdo de París, no. A cambio, la voluntariedad acapara el protagonismo. Si bien es cierto que ha ayudado a la adscripción de una cantidad de países insólita, también ha abierto la puerta a una mayor permisibilidad tras una década de oportunidades perdida.

Sin embargo, el mayor culpable del atraso global medioambiental es el asentamiento del discurso negacionista. Donald Trump ha vendido a precio de ganga la diplomacia y la política estadounidense. Su política medioambiental será recordada como la del empobrecimiento y la precariedad climática. Su apoyo incondicional a la industria del carbón, en la actualidad prácticamente muerta, es ilógico. Además, resulta ofensivo conocer que países como la India han sido capaces de tomar medidas contra el cambio climático con muchos menos recursos, mientras que para el presidente la importancia está en erradicar cualquier idea que provenga de su antecesor. No es justo comparar su egoísmo con el de los niños, ya que ellos tienen la humanidad suficiente para entender que la gente sufre si su hogar es tragado por el océano. De hecho, es muy probable que no sea consciente de que sus decisiones están afectando a su país. El cambio climático hace más vulnerable al sector agrario americano, repercutiendo en la precariedad de los campos de cultivo y obligando a los estados que sufren las temperaturas más extremas a ser aún más productivos, teniendo que pagar más para conseguirlo. Además, Donald Trump provoca que el cambio climático no tenga voz propia en política, otorgando a sus escándalos el espacio que deberían tener debates tan trascendentales para su nación como los problemas de seguridad en las zonas costeras y de salud pública de los que su política medioambiental es culpable. Va a tener que pasar mucho tiempo hasta que desaparezca el olor a cerrado de la Casa Blanca.

El discurso de Trump también ha servido para legitimar ideas que atentan contra los derechos humanos y que están muy relacionadas con el medioambiente. En una suerte de plaga medioambiental de extrema derecha, Jair Bolsonaro persigue el funesto objetivo de privatizar el Amazonas y recalificar zonas de la selva preservadas, ahogando al planeta en su propio humo. Su planteamiento ni siquiera es novedoso. Sin embargo, esta decisión llevaría un paso más allá las consecuencias del negacionismo, atentando de manera directa contra el estilo de vida y bienestar de las comunidades indígenas y otros grupos minoritarios que a día de hoy tienen el derecho de ocupar ciertas tierras públicas de la selva amazónica.