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Así sobrevivimos a este verano. ¿Y el próximo?

Así sobrevivimos a este verano. ¿Y el próximo?

Si este verano has defendido que este año hizo más calor que el pasado no te preocupes, no estás del todo equivocado. Cada verano nuevo es más frecuente que se dé un episodio de temperaturas extremas. El mes de julio de 2019 ha sido para Europa, según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el más cálido registrado en las últimas cuatro décadas. Es de suponer que, si estás acostumbrado a leer la prensa verano tras verano, año tras año, este titular te suene vagamente familiar. Mientras tanto, el denominado periodo de retorno que existe entre olas de calor se ha reducido diez veces en las últimas décadas del siglo XXI, de cien años a diez, según la agencia, y las masas de aire caliente han aumentado 1.3 ºC su temperatura desde la década de los años 80. Una vez más, es una cuestión de relatividad, de observar el tiempo a diferentes velocidades.

Los países del sur de Europa están acostumbrados a las sequías, un fenómeno que periódicamente se produce de forma natural y respecto al cual han desarrollado mecanismos de defensa, pero el cambio climático ha añadido una dificultad extra: una prórroga intermitente. Julio de 2019 habrá sido también el mes de las dinámicas climáticas anómalas. En países como España se han registrado precipitaciones por encima de la media, pero también ha quedado constancia de nuevas máximas en zonas templadas, como San Sebastián. Algo parecido ha ocurrido en Europa, con países como Francia o Reino Unido viviendo unos insólitos 50 ºC y 30 ºC respectivamente.

Esto es especialmente preocupante en el largo plazo, ya que está comprobado que con sequías más severas la capacidad de las aguas suplementarias se reduce. De hecho, en España, al no existir un seguimiento oficial, el futuro de las aguas subterráneas actualmente es incierto, dependiendo únicamente de la profundidad como factor determinante en su recarga. En la superficie, según informa WWF, las olas de calor asociadas al calentamiento global propician la creación de incendios más grandes y destructivos, imposibles de abordar por los equipos de extinción, en las temporadas estivales. Ante un panorama en el que el calentamiento global en verano agota algunos de nuestros recursos más vitales, ¿están nuestras sociedades realmente preparadas para gestionar sus consecuencias?

En España, la escasez de recursos hidrológicos es una partida que requiere estrategia: hay que ayudar a aquellas zonas con mayor déficit. Sin embargo, en la actualidad los medios no son los adecuados. Como señala Greenpeace, una causa trascendental en este conflicto es la concepción del agua como un recurso ilimitado y su reflejo en la política hídrica. Estamos hablando de una materia prima cada vez más escasa que, en muchas ocasiones, se desperdicia suponiendo, además de pérdidas económicas directas, una limitación a escala nacional. El derroche del agua conlleva también restricciones en la producción de cultivos de regadío y en la oferta energética de las centrales hidroeléctricas, afectando directamente a las comunidades locales y contribuyendo al encarecimiento de las energías renovables en su conjunto. Directamente relacionado, un control de la contaminación eficiente podría aumentar las reservas de agua y así disponer de un mayor número de fuentes hidrológicas para construir o mejorar embalses, canalizaciones o trasvases. La ONU propone incentivar un mayor interés en el reciclaje del agua como ayuda complementaria. No obstante, ninguna de estas medidas puede marcar la diferencia significativamente si no se advierte la importancia de la concienciación sobre la prevención en el diseño de una planificación hidrológica nacional realmente eficiente e innovadora. Para ello, es necesario estudiar cuál es la disponibilidad real de los recursos actuales y destinar más fondos en la creación de planes de prevención, además de observar su evolución en el tiempo.

También es necesario que la prevención de los incendios forestales se empiece a considerar como una herramienta clave. Según Ecologistas en Acción, en España se prioriza la extinción en detrimento de la inversión en prevención, logrando sofocar estos de manera más eficiente, pero dejando las soluciones en el largo plazo en un escenario incierto. Además, queda constancia de que las herramientas actuales no funcionan en todos los casos. La organización denuncia cómo, en comunidades autónomas como la Comunidad de Madrid, se invierte grandes cantidades en la prevención y la extinción y, sin embargo, el territorio aglutina un 67% de los incendios cuya causa es desconocida. Ante esto, es necesario afrontar esta cuestión con un enfoque más ambicioso. Félix Romero, ingeniero forestal y responsable del programa de bosques de WWF, señala la urgencia de crear una estrategia nacional unificada que permita proteger la vasta superficie forestal del país y devolver la importancia de la gestión de los bosques en la prevención de problemas como el cambio climático, que requiere medidas innovadoras para un problema cada vez más inminente.