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La naturaleza de una sociedad hecha de plástico

La naturaleza de una sociedad hecha de plástico

Natural es una de las palabras más controvertidas que usamos en el día a día. No pensamos en lo natural del efecto invernadero de la atmósfera de Venus ni en las radiaciones electromagnéticas que produce el Sol con total naturalidad, pero vemos como algo natural nuestra relación con el plástico. Gracias al celuloide El Padrino y Star Wars tienen vida y ha estado con nosotros desde que aterrizó en las casas de nuestras familias como baquelita. También lo hemos conocido como vinilo o poliéster. Desde hace más de cien años, se ha desarrollado una industria centrada en estudiar su maleabilidad para adaptarla a las necesidades emergentes. Le debemos mucho al plástico. La utilización de sustancias petroquímicas en su composición, de coste barato pero con una degradación natural muy lenta, termina de explicar su éxito. Lo que no entraba dentro de nuestros planes era crear el primer continente de la Tierra que acabara obstaculizando el desarrollo de la naturaleza.

El séptimo continente de la Tierra, o la gran isla de plástico del Pacífico, es en realidad dos grandes acumulaciones de plásticos situadas entre Japón y Estados Unidos, compuestas en un 80% por residuos plásticos procedentes de la superficie (el 20% restante son desechos de los barcos). Debido a su forma cambiante es difícil determinar su tamaño, pero se estima que alcanza los 1,6 millones de kilómetros cuadrados. En total hay cuatro más, pero la más conocida de ellas se encuentra entre Hawái y California.

Este fenómeno ha cobrado relevancia debido a la fundación The Ocean Cleanup, la iniciativa de Boyan Slat para eliminar los plásticos suspendidos en el mar. Debido a que el plástico se degrada en pequeñas partículas acaba interfiriendo en la cadena trófica de los ecosistemas marinos. La propuesta del joven inventor consiste en la utilización de estructuras con forma de U que atrapen los residuos aprovechando la fuerza de las corrientes marinas. La fundación estima que en cinco años se recuperaría el 50% de los residuos marinos, destinados a convertirse en material reciclable, lo que supondría una gran mejora medioambiental, social y económica.

En tierra firme, están ganando popularidad las medidas que invitan a la participación ciudadana en la recogida de plásticos. Reino Unido e Indonesia pretenden movilizar a su población mediante las iniciativas Great Plastic Pick Up y Plastic Bag Diet Movement respectivamente, animándolos a subir sus progresos a sus redes sociales, mientras que la India también trabaja para convertirse en un referente en este ámbito. En Twitter, la retirada de unas naranjas envasadas sin su piel de un supermercado londinense en 2016 abrió el debate sobre el empleo de envases únicamente en casos fundamentales: aunque la mayoría se posicionó en contra, algunos usuarios argumentaron que puede ser una ayuda para las personas con problemas de movilidad. Además, cada vez en más países los comercios comienzan a cobrar a sus clientes un pequeño precio si quieren embolsar en plástico su compra. Por otra parte, el municipio de San Pedro Laguna en Guatemala ha sido el primero en renunciar definitivamente a los plásticos de un solo uso, mientras China ha prohibido las importaciones de plásticos.

Hemos convertido al plástico en el mayor depredador de nuestros hábitats. Cada día interactuamos con él decenas de veces, aunque no siempre por necesidad. Cuanto más conscientes seamos de la función que otorgamos a los plásticos de un solo uso, más fácil será adquirir hábitos responsables. Por otra parte, la utilización de sustancias petroquímicas no es imprescindible en su fabricación. Su denominación como plástico alude a su plasticidad, su capacidad para ser fácilmente adaptado a diferentes usos. La utilización de plásticos convencionales responde a una necesidad social cuyos objetivos actualmente no son los mismos. Renunciar al plástico supondría un retroceso, pero ahora empezamos a ser conscientes de nuestra responsabilidad con nuestros ecosistemas.

Nuestro planeta ha podido tomar aliento con la invención de los plásticos renovables. Los bioplásticos están fabricados con materiales que por su composición natural ya son resistentes sin necesidad de que duren varios siglos. La patata, las algas, las cáscaras de plátano y otros desechos orgánicos pueden utilizarse para crear un plástico con una degradación programada y que además sean útiles para la naturaleza al descomponerse en compost. Es un paso hacia adelante que permitiría centrar el debate en el coste medioambiental y económico de su producción, ya que actualmente resultan muy caros y requieren recursos naturales para su producción, por lo que muchas empresas desechan su utilización. Además, habría que valorar si en una era de consumo masivo no acabaríamos sobrealimentando a nuestra fauna y flora. La solución intermedia son los plásticos oxo-degradables, plásticos convencionales a los que se les añade un agente químico para acelerar su descomposición en biomasa. Es la solución más extendida y son más baratos, pero en situaciones en las que el oxígeno no esté presente podrían no degradarse. Además, existe cierta confusión en el mercado respecto a su denominación, puesto que ambas categorías se han acabado difuminando.

Otra vía más interesante de explorar es la de la concienciación sobre el uso de cualquier tipo de plástico. Numerosos productos podrían fabricarse sin renunciar al beneficio que suponen utilizando elementos degradables, como las microesferas en numerosos productos de belleza. Además, la recuperación de medidas comerciales como la venta al granel o el comercio local también podrían aportar su granito de arena. Respecto al reciclaje, es una vía crucial, pero algunos expertos consideran que debería ir de la mano con otras medidas igual de importantes, como la concienciación sobre el consumo de plásticos.

El plástico no es malo, como no lo fue la electricidad, el acero o el fuego. De hecho, existen casos imprescindibles donde se podría aprovechar su resistencia, como la creación de estructuras. La gran mancha de plástico del Pacífico es, en esencia, el reflejo de nuestra indecisión frente a la naturaleza de nuestro invento más popular.

Saber aprovechar el plástico de forma consecuente es el siguiente paso natural en nuestra evolución como sociedad.